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La sangre seca no se va con lejía. Eso lo aprendí a los nueve años.Lucía Barral limpia lo que queda cuando la policía se va: sangre seca, olores que no salen, colchones que hay que tirar. Tiene una pequeña empresa en Madrid, dos empleados que no hacen demasiadas preguntas y una norma para cada cosa. No soporta que la toquen. Y ve lo que a los demás se les pasa.El encargo parece sencillo. Un chalet nevado en la sierra de Madrid, un hombre que mató a su mujer y después se pegó un tiro, y un caso que la Guardia Civil ya ha cerrado. El hermano solo quiere que limpien el salón y el dormitorio. Lo demás, insiste, no hace falta tocarlo.Pero en la salpicadura de la pared falta un trozo con forma de persona. Las fotos del pasillo están boca abajo. Arriba huele a cloro donde no había nada que limpiar. Y en esa casa vivía un niño del que nadie quiere hablar.Lucía sabe lo que es pasar una noche escondida en un armario mientras ocurre lo peor. A ella le pasó con nueve años, y quien mató a su familia nunca pagó por ello. Por eso no puede dejarlo, aunque nadie le haya pedido que mire, aunque no tenga placa ni permiso y aunque cada pregunta la acerque un poco más a la noche que lleva veintitrés años intentando olvidar.Lo que no se va con lejía es el primer libro de La limpiadora, una saga de novela negra española con capítulos cortos, una protagonista incómoda, brillante y herida, y un final que deja abierta la puerta del siguiente caso.
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